Hace doce años, 5 de febrero de 2011, Apizaco perdía a uno de sus hijos más ilustres y hoy comparto unas líneas que escribí a un año de la partida del Doctor León.
El doctor Francisco Javier León Manilla fue fruto de un gran trabajo personal, ya que desde una temprana edad perdió a su padre y se vio obligado a conocer el valor del esfuerzo, que es la fuerza más constructiva, modelando su destino, de ahí su amor por el prójimo y por los necesitados.
Decano de la medicina en esta ciudad, el doctor León la ejerció interrumpidamente por poco más de sesenta años, durante los cuales demostró, como muchos lo pueden constatar, la importancia de la relación médico/paciente, ya que la labor del médico no es solamente curar, sino consolar.
Su amor por Apizaco fue inocultable, lo hace manifiesto en su obra literaria. Publicó diversos libros, colaboró para “El Sol de Tlaxcala” y participó en la edición de innumerables boletines, desde su estancia en la Secundaria “Héroe de Nacozari”, en la Preparatoria de la Universidad Autónoma de Puebla, en el “Club de Leones”, en la “Asociación Médica de Apizaco”.
Tuve la fortuna de convivir con él, en el último año de su vida, lo invité a que escribiera artículos para la gaceta cultural que editaba la Coordinación de Arte y Cultura de este Municipio y accedió gustosamente, dando realce a la misma.
Compartí con él algunas horas de alegría, en las que me hablaba de sus libros, de sus escritos, de sus recuerdos, de sus participaciones en obras teatrales, de sus pinturas. Siempre he agradecido a su hijo Fernando el que me haya hecho partícipe de esta etapa de su vida.
Lo recordamos aquel primero de marzo de 2010, ya enfermo, pero de pie con esa entereza que caracteriza a los grandes hombres, en la inauguración de la exposición de su obra pictórica en el vestíbulo de la Presidencia Municipal, mostrándonos otra gran faceta de su personalidad: la artística.
Un ejemplo que nos lega el Doctor León es el haber vivido a plenitud, se deleitó de la emoción tan estimulante del gozo celestial del vivir, fue bohemio, viajó y cantó, cultivó la amistad, valoró lo que es realmente importante en nuestro paso por esta vida y lo disfrutó, consigo mismo, con los seres que amó y con la sociedad en general.
María Teresa Meneses Salado
