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¿Malinche o Malintzi? Conoce cuál es la manera correcta de llamar al volcán que divide a Puebla y Tlaxcala

  • “Marina” fue el nombre que le dieron los españoles a la traductora de Hernán Cortés, quien luego le daría identidad a nuestro conocido volcán

El Sol de Tlaxcala

Primero debes saber que este coloso fue nombrado por los antiguos tlaxcaltecas como Matlalcueitl, que en náhuatl significa “falda azul” y hace referencia a la diosa del agua viva (de lagos y ríos), pero con la llegada de los españoles, se sustituyó por el nombre de Malinche, que ya cobraba gran popularidad.

Ahora, la Malinche aparece en la historia de forma difusa y con testimonios distantes en datos. Pero, de acuerdo con el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, esta mujer fue una de las tantas “esclavas” que el señor de Potonchán otorgó a Cortés como tributo. Las mujeres fueron bautizadas con distintos nombres y “Marina” fue el nombre que le dieron los españoles a quien sería la traductora y negociadora durante el proceso de Conquista.

De su nombre cristiano, “Marina”, se derivan todos sus nombres y apelativos posteriores. Los nahuas, cuando comenzaron a interactuar con ella, la llamaron, primero, “Malina”, pues en el idioma náhuatl no existe el fonema /r/ y, más tarde, “Malintzin”, indicando, a través la añadidura del sufijo -tzin, que ella era una persona apreciada o importante, digna de respeto.

Como en el castellano no existía el fonema /tz/, los españoles entendieron esta nueva palabra como “Malinche” y así surgió el nombre con el que se le conoce hasta la fecha y con el que, en sus días, se conoció también a Hernán Cortés, pues como lo refieren algunas crónicas, para muchos señores y emisarios indígenas existió una fusión entre las figuras de Marina y de Cortés, el hombre que siempre estaba a su lado y en cuyo nombre ella hablaba.

Por esta razón, la forma más apropiada (o cercana en nuestro español actual) de llamar al volcán es “Malinche”, sin embargo, de acuerdo con la tradición, muchas personas la siguen llamando “Matlalcueye” o “Malintzi” y, como tantas palabras, forman parte de una lengua viva que evoluciona conforme la sociedad lo hace.

 

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